Sin azúcar, por favor.

La maternidad, como absolutamente todo, hay que dejar de edulcorarla. De idealizarla. De decorarla.

La maternidad hay que contarla.

Porque se te mete dentro. En los huesos. En los poros. Como el amor ese que conecta y que engancha.

Se mete en las entrañas. Y en las vísceras.

Y es lo más absoluto que puedes llegar a vivir.

Y hay que sacarla.

El amor que de repente entra por tu puerta es lo que sabemos. Lo que nos cuentan. Lo que esperas. Lo que todas compartimos.

Pero hay que atreverse con lo otro. Con lo que pesa, con lo que abruma, con lo que agota.

Desde hace 3 años me he duchado sola menos veces que dedos tengo en mis manos.

Y me encanta. Mientras yo me ducho Luca se sienta en mis pies y disfruta de la cascada de agua caliente. El baño de después se convirtió ya hace tiempo en otro rincón más de juego de la casa. En la bañera cantamos, hacemos torres, helados, hacemos carreras de coches, mis piernas se han convertido en un tobogán improvisado, nos inventamos historias, nos reímos a carcajada suelta y también lloramos.

No siempre me apetece compartir ese momento con él. No siempre me apetece jugar. No siempre estoy conectada a él. O a mí.

‘Mamá, ¿quieres jugar?’

‘No me apetece hoy Luca. Estoy muy cansada/Es tarde y voy a hacer la cena/Tengo la regla…’

‘Por favor, mamá…’

No siempre lo acepta a la primera. Pero se lo explico tantas veces como es necesario hasta que lo hace.

Nuestros baños también han sido momentos de abrazos y mimos y silencio.

Y el momento perfecto para conocer nuestros cuerpos. Observarlos. Nombrarlos. Tocarlos. Aprender las diferencias. Verbalizarlas.

Y parece que ya estoy edulcorando, ¿verdad?

Pero no. ¡Qué va!

Me encanta bañarme con Luca, me encanta que aunque él ya se haya bañado venga corriendo en cuanto escucha que empiezo a ducharme.

Pero también me agota.

Porque no todo el cansancio es físico.

Y no todo es cansancio. También hay una pizca de aburrimiento.

Curioso que mientras escribo me vienen halos de culpabilidad. Porque hoy, 25 de abril, Luca y yo hemos pasado un día súper bonito juntos. Y sin embargo escribo otra cosa. La cabeza siempre va a su bola…

Pero como se acerca el día de la madre y como yo ando en esto de que la maternidad hay que contarla, pues la cuento. Sin historias ni mentirijillas.

Y es que agota. Y aburre.

Y a pesar del amor, que es abismal, te desborda y te saca de quicio intentando mear en silencio. Metiéndote en la ducha con absoluto cuidado para que no te pille y se cuele contigo. Comiéndote unas bolitas de chocolate o unas gambas a escondidas en la cocina para no compartir ese momento de placer instantáneo.

Y aunque lo escriba de forma edulcorada, no lo es.

Hay dentro de mí a veces un fino hilo entre el amor y el grito al cielo. Entre la paciencia infinita porque ha entrado lleno de barro a la casa recién limpia y el agobio más asfixiante cuando vuelve a darme otro abrazo cuando yo solo intento terminar una frase en mi cabeza rumiante.

Esto es todo tan contradictorio como el amor mismo. Y la vida.

Y te hechiza a la vez que te pesa.

Y hay que contarlo.

Hay que contarlo porque la culpa de no sentirnos en constante conexión y armonía con nuestros hijos sigue a ratos latente en nosotras.

Hay que contarlo porque contando ordenamos y valoramos.

Hay que contarlo porque las redes ya nos inundan con imágenes de recién paridas maquilladas como si pudieran sentarse sin un ápice de dolor.

Y los grupos de crianza de madres que se dedican en cuerpo y alma a realizar manualidades perfectas con sus hijos mientras yo en lo que me fijo es en esas habitaciones ordenadas y limpias.

Hay que contarlo porque mientras contemos y compartamos, cuando nos apriete la exigencia por ser un poco más perfectas y más correctas, siempre habrá alguien pensando en estas palabras. Sintiendo alivio por no ser la única que necesita estar sola un rato largo.

Hay que contarlo porque las Tribus se crean así: compartiendo honestamente.

Aunque al final del día, con la foto que te quedas, es con la edulcorada.

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