¿Salimos?

Jugar en el exterior es para un niño de cualquier edad súper divertido y hasta excitante. Sobre todo en estos momentos en los que pasamos mucho tiempo en casa medio confinados.

Y si lo vemos, además, con un poco de perspectiva es muy importante para su aprendizaje y su desarrollo.

Pasar tiempo al aire libre es una experiencia sensorial para los bebés y preescolares. Visualmente es enriquecedor, los colores de la naturaleza, las olores naturales, la brisa, el tacto de materiales naturales.

Si, además, nos damos la oportunidad a nosotros mismos para seguir aprendiendo en esta faceta de madres/padres, será aún más enriquecedor.

Aquí no sirve salir al aire libre y pasarnos el día enviando mensajes -verbales o no verbales- a los peques que van a cohibir su libertad y su oportunidad de aprendizaje natural.

Mensajes no verbales: sonidos de desaprobación, gritos que se nos escapan llenos de susto o incluso miedo a que se hagan daño, miradas de reprimenda o asustadas.

Mensajes verbales: decirles NO constantemente o anticiparles que si hacen esto o aquello van a hacerse daño.

Si el daño puede ser real, mejor lo evitamos de forma positiva: “mira, mejor vamos a hacer esto que parece más seguro”.

Si el daño no es real, empieza nuestro aprendizaje. El nuestro. El de los padres/madres.

¿Y cuál es?

El de confiar en su capacidad innata por aprender y por descubrir el mundo sin precipitarse por el vacío. Los niños no son suicidas aunque podamos inconscientemente pensarlo. Los niños tienen una curiosidad maravillosa innata por descubrir el mundo por ellos mismos. Por participar activamente en cualquier actividad. Por manipular, por ser protagonistas, por observar, por disfrutar.

Necesitan que les acompañemos cargados de confianza ciega y de observación. Que incluso nos dejemos llevar en el descubrimiento y el disfrute de las pequeñas cosas.

Utilicemos las herramientas delante de ellos. Mostrémosles cómo sin hacernos daño. Hablémosle del peligro para que aprendan a evitarlo.

Mostrémosles que pueden confiar en ellos mismos, en su movimiento, en su cuerpo, en sus habilidades, en sus manos, en sus piernas.

Mostrémosles que confiamos en ellos para que puedan confiar en nosotros y en ellos mismos.

Enseñemósles a pedirnos ayuda cuando la necesiten. Y cuando les socorramos, lo hagamos sin reprimendas, sin un ‘ya te lo dije’. Siendo conscientes de que están descubriendo y están aprendiendo los límites de su cuerpo y de sus emociones. Están aprendiendo del entorno y del mundo que les rodea.

Están aprendiendo a confiar y tenemos la obligación de mostrarles que pueden confiar en ellos y en nosotros.

Si nosotros tenemos miedos, tenemos que trabajárnoslos.

Si tenemos inseguridades, tenemos que pelearlas.

Si no confiamos, es el momento de dejarnos llevar y confiar.

Y hacerlo al aire libre, es la mejor oportunidad para aprender todo esto con ellos. Y ellos con nosotros.

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