¿Reparamos?

Cuando un niño pequeño se desajusta necesita nuestra ayuda para volver a ajustarse.

Es una esponja en constante aprendizaje. Vive observando, escuchando, investigando, descubriendo, aprendiendo.

Y es solo a través nuestro que va a poder aprender eso que ahora se llama educación emocional.

Aquí no valen las broncas ni las lecciones a gritos o incluso, algunas veces, sin ellos. No hay aprendizaje posible real interno e instantáneo cuando un niño pequeño se desregula por el motivo que sea.

Si nos preguntáramos ‘¿qué estará pensando?’ cuando se va de su centro, seguramente su cabecita irá por aquí:

“He empezado a jugar con todas mis buenas intenciones y con la esperanza de que todo salga bien pero se me ha roto el caballo y me he enfadado tanto que no consigo dejar de sentir ira y no consigo dejar de dar gritos y golpes. Ha sido de repente y no entiendo muy bien qué me está pasando. Y tampoco sé muy bien como salir de este bucle”

Solo a través nuestro va a conseguir salir de ahí. Y no a través de nuestro sermón.

Sino a través de nuestro abrazo.

Les llega ese momento en el que solo sienten desconexión con todo lo que le rodea. Incluso con su madre/padre. Incluso con su propio cuerpo.

Nos convertimos a veces en vasos comunicantes. Curioso. Un abrazo. Solo un abrazo y desviar su atención a otra cosa. Un abrazo que vuelva a conectarles a ellos mismos con su propio cuerpo. Que vuelvan a sentirse a ellos mismos y vuelvan a conectar con el placer físico de un abrazo. Que vuelvan a sentir que forman parte conectada de aquello que les rodea, de aquellos que les rodea.

La palabra no siempre sirve. No siempre es útil. No hay reflexión que puedan hacer en ciertos momentos.

Un abrazo al vuelo. Un susurro lleno de amor. Un roce mejilla con mejilla.

Un “me ayudas a hacer la cena?”

Ya recogeremos mañana.

Y salvándoles a ellos nos salvamos nosotros mismos. Me salvo yo misma. Me educo a mi misma. Me doy las herramientas que no tengo para ayudarme a mi cuando soy yo la que entra en bucle.

Ese vaso conductor es mutuo. Nos retroalimentamos. Te ayudo a buscar la salida. Te ayudo a que te construyas una buena caja de herramientas de la que echar mano cuando seas mayor.

Y en el proceso, eres tú el que me está ayudando a mi. Que aquí, a los 42, tampoco tengo la mía hecha.

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