Qué asco de corriente principal que normaliza la ignorancia.

Qué asco.

Qué asco de corriente que justifica la etiqueta, y el grito y el cachete.

Qué asco.

Qué asco de autoestimas que necesitan ver justo eso en los demás para poder tener la conciencia tranquila.

Qué asco de ruido.

Rechazamos la culpa mirándonos en el espejo del otro. Y no vale que lo haga mejor. No vale que el otro intente romper las cadenas y los círculos viciosos. No vale que el otro se cuestione y mejore la educación. No vale porque la culpa aprieta.

Qué asco.

Y qué difícil la crianza y qué cansancio.

Mi madre dice que nunca se recupera las horas de sueño de la crianza. Por muchas que vuelvas a dormir.

Qué bendición ser consciente de algo.

Ya no sé ni de qué ni de cuándo.

Pero de algo.

De algo a lo que me pueda agarrar de vez en cuando. Cuando las dudas salen de golpe. Cuando la nostalgia pica hasta las 3 de la mañana.

¿Un paso atrás ni para coger carrerilla?

De eso nada.

Uno y dos pasos atrás. De retroceder. De subir cuestas y callejones cuando la mochila pesa demasiado.

Y volver a crear y a creer con más ganas.

Lo que cuesta caminar con tanto ruido…

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