El poder del miedo.

Ayer me removió la noticia de que un padre de 39 años (más joven que yo) había matado a su hijo de 11, al que supuestamente tenía que haber llevado con su madre y ex pareja suya.

Y me viene la educación a la cabeza. Lo primero. Me viene la falta de educación emocional que hemos recibido y que seguimos sin trabajarnos ni a nivel personal ni a nivel social.

No pienso en los castigos. No pienso en las condenas judiciales o en las sociales. No pienso en que si se separaron o no o si fue maltratador o no. No juzgo si ese hijo estaba seguro o no con su propio padre. No pienso en el machismo ni en esta justicia nuestra.

Lo que pienso es en el cachete a tiempo.

Luca es un niño muy activo. Muy muy activo. Explorador. Investigador. Fuerte físicamente. Cauto pero sin miedo a descubrir. Le gusta mirar a las personas que tiene alrededor. Las mira de arriba abajo. Le gusta observar lo que le rodea y le gusta tocarlo todo. Abrir. Cerrar. Meter. Sacar. Probar a qué sabe. Le gusta echarse cubos de agua por encima y tocar todas las hojas y la arena de las plantas que se encuentra en el camino.

Luca tiene 1 año y 3 meses.

Y este último mes he escuchado en varias ocasiones comentarios tipo: castigo, límites, cachete, disciplina… He visto cómo le han reñido, le han dado ese cachete sin mi consentimiento y con mi inmediata recriminación y enfrentamiento.

Hasta los 2 años los niños solo necesitan eso. Investigar. Tocar. Probar. Sin parar. Constantemente. Averiguando por si mismos qué es peligroso y qué no. Qué les gusta y qué no. Qué les entretiene y qué no. Qué mundo les rodea. Qué personas les rodea. Siempre bajo la supervisión y acompañamiento del adulto.

Los límites son los de la seguridad. Los que les protegen del peligro físico y emocional. Los límites son los de qué quiero yo y qué no quiero que toque, por las razones que sean.

Los límites los va descubriendo él a través de su libertad y su movimiento. Y así va ganando independencia, autonomía y seguridad en si mismo. Y en mi.

Luca no se mueve o se queda quieto porque haya sentido miedo en ningún momento. No es el miedo el que mueve o paraliza sus ideas ni su cuerpo.

Cuando es el grito y el cachete el que se repite en la vida de un niño pequeño, es el grito y el cachete lo que él repetirá. Lo fácil para los adultos – que hemos crecido en esta ‘cultura’, y no hablo de malos tratos ni de situaciones de violencia continuada, hablo de situaciones normalizadas en nuestro día a día- es recurrir de forma inconsciente a lo que tenemos tan arraigado que hasta creamos bromas y chistes sobre ello: la zapatilla o la correa.

‘Si mamá me grita, yo obedezco’.

‘Si papá grita a mi hermana, mi hermana hace lo que él quiere’.

‘Cuando la maestra grita, todos hacemos lo que nos dice’.

Añadámosle el cachete.

Cuando estamos cansados, frustrados, preocupados por la economía, esperando abrazos que no llegan… lo más fácil es, sin filtro alguno, gritar e incluso golpear com absoluta normalidad. Y no pasa nada porque así es como se ha hecho siempre. Y, verás como ya no lo vuelve a hacer.

Hagamos algo: grabémonos. Yo lo hacía durante los primeros meses de Luca. Grababa situaciones cotidianas de nuestro día a día para ver nuestra interacción. Me observaba a mi, le observaba a él. Observaba nuestras miradas, nuestra relación inmediata.

Grabémonos ahora. Cuando los bebés ya no lo son. Cuando el límite de la paciencia tenemos que ir alargándolo. Y observemos nuestras reacciones. Y sobre todo, observemos sus reacciones.

¿Sabes qué veremos? Miedo. Su mirada de miedo. Eso veremos. Ante nuestro grito. O ante nuestro cachete normalizado. Miedo.

¿Seguiríamos haciéndolo si lo viéramos desde fuera? ¿Si nos viéramos a nosotros mismos como en un Gran Hermano?

Yo creo que no.

Será entonces cuando seamos conscientes del peligro que corren nuestros hijos. Peligro emocional.

El poder del miedo. Esa sería la conclusión. Y esa sería la repetición en algún momento de su vida. Aplicar el poder del miedo o permitir que otros lo apliquen sobre nosotros otra vez.

¿Lo ves ahora?

Empiezan Primaria y las relaciones entre compañeros se complican.

Y el poder del miedo ya lo tienen agarradito dentro. Y llegan los conflictos y ya sabremos cómo resolverlos. Hasta la maestra los resuelve así muchas veces: a gritos y castigos.

Y llega Secundaria y las relaciones son difíciles hasta con uno mismo. Andan perdidos. Las emociones, las hormonas, la autoestima, la sexualidad, la intelectualidad, la familia. Las expectativas, las ganas, las prisas, la belleza. El amor. El desamor. La comparación. El sentimiento de no llegar nunca a las metas que nos ponen los demás.

Y el miedo.

Otra vez el miedo.

Y recordamos su poder.

Y lo aplicamos.

Y permitimos que lo apliquen sobre nosotros.

Y llegan los amantes y los amores. Y la universidad. El trabajo y la economía.

Y el miedo. El poder del miedo. Siempre anda por ahí.

Y lo volvemos a aplicar. Nos ha funcionado tan bien hasta ahora que nos es más fácil continuar que parar y analizar. Y cambiar.

Y nos lo vuelven a aplicar. Y no nos ha funcionado bien nunca, pero ya no sabemos funcionar de otra manera. Volvemos a permitirlo.

¿Lo vemos ya?

A mi lo que me da miedo es que seguimos sin verlo.

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