Ahondar en el dolor cuesta mucho

Hoy Luca ha tenido revisión con una de esas personas especiales que te encuentras en la vida. Su médico desde que entró en La Fe a los tres días de nacer hasta que dentro de unos años le den el alta definitiva, es una mujer sensible, cariñosa, respetuosa. Es inteligente y dulce. Es la única persona de un equipo médico que le ha tratado con absoluto respeto y empatía. Desde muy bebé le hablaba suave, le tocaba con delicadeza y siempre esperaba a que Luca la reconociera para dar el siguiente paso. Siempre esperando su aprobación y consentimiento. Esto, cuando estás en contacto con un bebé, es la base de una relación amorosa y respetuosa. Y ver que, alguien ajeno a su círculo íntimo lo pone en práctica, ha sido estremecedor en varias ocasiones. Y lo agradezco profundamente.

Hoy Nuria me ha explicado algo nuevo para mi, aunque me han dicho en casa que me lo explicó estando hospitalizado un día en el que recibí demasiada información médica para mis emociones bloqueadas, y que me ha parecido interesantísimo.

Voy a intentar explicarlo de forma sencilla para entenderlo bien. Nuestro cerebro es completamente elástico y plástico. Se va desarrollando desde el momento en el que nacemos hasta que morimos de viejitos. Hay partes del cerebro que se activan en un momento o en otro de nuestra vida. El frontal derecho, que es donde Luca tuvo el infarto cerebral, no lo activamos o empezamos a utilizar hasta que tenemos 3 ó 4 años. Es decir, cuando Luca tenga esa edad y su cerebro busque en esa zona los recursos que necesita para realizar lo que necesite a partir de ese momento, no lo encontrará. Esa parte del cerebro de Luca está muerta. ¿Qué ocurrirá entonces? Que su cerebro creará una especie de ramificaciones hacia otras zonas de su cerebro. Es decir para llegar de A a B en lugar de ir en línea recta, sus neuronas se darán una vueltecita para llegar donde querían por otro sitio. ¡Qué neuronas tan listas tenemos, hay que ver! Y estos recursos que su cuerpo se sacará de la manga podrá utilizarlos porque cuando le dio el infarto, el cerebro estaba virgen; no había habido actividad ninguna todavía en esa zona. Por eso, cuando nos da uno cuando somos mayores, la zona afectada queda afectada y es muy difícil en algunas ocasiones volver a poder utilizarla con normalidad como antes.

Toda esta explicación, al igual que me pasó aquel día durante su hospitalización, ha hecho que me bloquee. Que me nuble. Visualizar el cerebro de Luca y escuchar expresiones como ‘infarto cerebral’, ‘secuelas’, ‘esa zona del cerebro está muerta’, ‘ahí nunca va a tener conexión neuronal’ y perlitas así, disculpad, pero sí, me nublan, me bloquean y me sobrepasan emocionalmente.

Con esa empatía que desborda Nuria, hoy se ha dedicado a preguntarme por mi, a explicarme mi proceso desde aquella hospitalización hasta ahora, y a escuchar cómo me siento. Después de 3 ‘estoy bien’, ha conseguido que dejara caer la capa y la espada y esta madre de dragones le ha contado que hay olores, y sonidos, y voces que no consigo olvidar de aquel mes de mayo.

Me ha dicho que escriba. Le he hablado de mi blog. Me ha dicho que haga terapia. Que todos los que hemos pasado por esto la necesitamos. Le he dicho que la hago desde hace meses. Me ha dicho que ahonde en la terapia. Le he dicho que ya lo hago. Me ha dicho que ahonde más. Que ahonde en el dolor. Que ahonde aunque me duela. Y que escriba. Que lo escriba todo.

Todos hemos pasado esos días en los que te dan una mala noticia. Y te rompen en trocitos muy pequeños. A mi las noticias me las dieron poco a poco. Y me rompieron igual. Mi cuerpo recién abierto para parir a Luca le ha costado, literal, casi un año cerrarse. A mi alma le está costando más. Aquí no valen los ‘pero si Luca está bien’, ni los ‘disfruta la vida’. No valen los ‘ya se ha pasado todo’ ni los ‘olvídalo ya’. Tampoco valen los ‘esto es la maternidad’. Porque no lo es.

Cuando el miedo profundo entra en tu cuerpo es muy difícil volver a sacarlo. No sé si se irá alguna vez del todo. No sé si dejaré de recordar el olor de la UCI Pediátrica o el sonido de las máquinas de control de todos aquellos bebés tan solos y tan cuidados a la vez.

Sé que aquel primer lunes de mayo y después aquel primer miércoles, sentí que perdía el control de mi vida. Sentí que no conseguiría controlar mentalmente la situación por mucho esfuerzo que hiciera. Se me iba de las manos.

Yo necesito tener bajo control lo que me sucede. Necesito tener la información suficiente para controlar y decidir. De repente, no tenía la información que necesitaba. Y la que tenía me aplastaba como una losa. Sujetaba las paredes de aquella sala a la vez que mi cabeza mientras mi hermana me miraba y me afirmaba que Sí Podía con Aquello. Sí Podía Soportarlo. Sí Podía Controlarlo. Pero yo sentía que No.

No saber si tu hijo de unos días de vida va a poder llevar una vida más o menos saludable no mola nada. Desconocer si va a tener secuelas cerebrales te desborda absolutamente todo tu ser. No saber si vas a ser capaz de tener el control de tu cabeza es demoledor.

Pero hoy, aún con ese miedo agarrado inconsciente dentro de mi esperando para asomar la cabeza ante cualquier debilidad que yo muestre, puedo decir que ese día fue imprescindible. Necesario. A Luca le he contado lo que le pasó en varias ocasiones siendo muy bebé. Nos hemos mirado y le he explicado todo.

He aprendido que las expectativas hay que suavizarlas. Que la Vida nos sorprende a diario y hay que estar preparado para los giros y las frenadas. Hay que mantenerse flexible y adaptable. Y como decía Nuria hace un año y hoy me lo ha vuelto a recordar, hay que vivir el Ahora. Hoy está todo bien. Disfrutémoslo. El Carpe Diem de Walt Whitman tiene ya sentido. Necesario.

Resiliencia es la capacidad que tenemos las personas para superar una situación traumática. Necesario.

Su abuelo dice que Luca ‘vive la vida intensamente’. Necesario.

Todo fue necesario que ocurriera tal cual ocurrió.

Me queda ahondar en el dolor. Para sanarlo. Y cuesta. Cuesta mucho.

4 comentarios sobre “Ahondar en el dolor cuesta mucho

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